miércoles, 16 de enero de 2013

Natalicio de Jesús Soto

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5 de junio de 1923.   Nació Jesús Soto, pionero del arte óptico universal.  Nació en el barrio Santa Ana, a la orilla del Orinoco, cuando otro Soto, el general Vicente Pérez Soto, gobernaba en el Estado Bolívar. Nació el niño en pleno juegos florales del Teatro Bolívar, cuando se jugaba Rondá, trompo y papagayo y llegaba a la ciudad un Obispo que parecía un general llamado Miguel Antonio Mejía.
            Soto creció delgado e inquieto, con una sinusitis que no lo dejaba respirar, pero con la cual acabó de una vez la yerbatería indigenista de la abuela Paula que nunca quiso salir de un hato que tenía en la vecina Soledad. 
            Pescaba el niño, atravesaba el río a nado. Otras veces en curiara, en piragua, y entre el puerto de Santa Ana, Soledad y el hato de Doña Paula, parecía transcurrir la vida de su infancia.
            El niño Soto como Juan Ramón Jiménez, también tenía un Platero. Se llamaba Comino, acaso porque se ponía del mismo color del onoto cuando relinchaba y se restregaba contra los matorrales y la greda del río.
            Con su Comino ensillado se iba de trote por el aquel llano abierto que le infundía cierto temor y respeto. El Llano al igual que el Río le impresionaba hondamente. Pugnaba entonces entre la soledad del llano y la cercanía de la gente.
            En ese tiempo tenía edad de escuela, de palotes y de garabatos hechos con pintura de labio y de carbón sobre cartón o el duro lienzo de paredes y tapias.
            ¡Déjalo tranquilo! Terciaba muchas veces la abuela. “Déjalo mujer, tranquilo, que a lo mejor quiere ser pintor y eso es bueno”
            Y para que dejara en paz el lápiz de la Tía y no gastara los carbones del fogón, la complaciente abuela le obsequió un arcoiris de creyones.
            Desde entonces, desde la edad de cinco años, Soto pintaba, jamás dejó de pintar y fue pintor.
            Pero, acaso, también músico, buscando la vena del padre que era violinista de circos, cines y parrandas. El, igualmente, pretendía atrapar el sonido con la misma gracia y sensibilidad de su padre. Más, no con el violín. Prefería la guitarra, intermedio entre ese instrumento antiguo de Carmona y el cuatro criollo del llano.
            Siempre Soto soñó con una guitarra hasta que al fin un día la tuvo, ya fuera de infancia, en Caracas, Maracaibo, París, donde había un sabio del instrumento, el maestro Lagoya, que tanto le enseñó y tanto quiso fuese como él. Pero Soto había nacido y crecía para ser pintor.

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