domingo, 26 de mayo de 2013

Expulsión del Vicario apostólico de Guayana


18 de Enero de 1931. Monseñor Mariano Talavera y Garcés, Vicario apostólico de la Diócesis de Guayana desde  el 8 de marzo de 1830 que se posesionó, fue expulsado de Venezuela por negarse a firmar la Constitución que separaba a Venezuela de la Gran Colombia.
            La separación de Venezuela de la Gran Colombia, quedó definitivamente consolidada el 22 de septiembre de ese año con la Constitución dictada por el Congreso Nacional reunido en Valencia a instancias del general José Antonio Páez, encargado de reorganizar la República.
            Esta constitución que ignoraba a la Religión Católica no fue acatada y el episcopado venezolano se negó a jurarla, por lo que fueron expulsados del territorio nacional los prelados Ramón Ignacio Méndez, de Caracas; Buenaventura Arias, de Mérida y Mariano de Talavera y Garcés, de Guayana.
            Allanadas las dificultades, el Episcopado retornó a Venezuela en 1832, directamente a Caracas. En esa ocasión, Monseñor de Talavera, reputado de excelente orador desde los mismos tiempos en que Morillo lo puso a predicar sobre el Indulto, pronuncia en la festividad de San Pedro, poco antes de viajar a Guayana, uno de sus mejores discursos.
            Monseñor de Talavera regresó a Angostura en medio de la euforia popular y fue recibido por el gobernador Ramón Contasti, respaldado por el caudillo Tomás de Heres, comandante de Armas y héroe de la independencia. Guayana entonces estaba dividida en dos grandes bandos políticos: los liberales connotados como Filántropos, bajo la tutoría de Juan Bautista Dalla Costa, y los conservadores, a quienes los liberales menospreciaban con el cognomento de “Antropófagos”, liderados por el general Tomás de Heres.
            Monseñor de Talavera era amigo de Tomás de Heres, acaso por conservador, pues los conservadores eran virtualmente los mejores amigos de la Iglesia, y por esa amistad fue siempre blanco de los ataques del semanario “El Filántropo”. Cuando Heres fue asesinado el 9 de abril de 1842 de un disparo artero desde la ventana de su casa, el prelado se hallaba de visita y prácticamente el cuerpo mortalmente herido del General cayó en sus brazos, a la luz de una lámpara de acetileno que se apagó con el fogonazo. Desde entonces los días resultaron pesarosos para el Obispo de Trícala que terminó renunciado a su permanencia por más tiempo en la Diócesis.


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