sábado, 27 de febrero de 2016

El Zorro de la Gran Sabana

Exactamente no hemos podido ubicar el lugar de la fotografía.  Se nos ocurre barruntar que fue en el Aeropuerto a finales de los años sesenta cuando estallaron las bombas diamantíferas de San Salvador de Paúl y de otras zonas del Río Caroní frecuentadas por el Capitán Guzmán López trasportando mineros en frágiles aeronaves que cubrían esas rutas de la Gran Sabana.
         Al veterano piloto sus colegas lo apodaron  “El Zorro de la Gran Sabana” no tanto por lo taimado que pudiera ser, sino por la astucia de abrir y encontrar rutas hacia las inhóspitas e intrincadas selvas donde surgían los campamentos de  buscadores de oro y diamantes.
         Al capitán Guzmán López, piloto salido de la Fuerza Aérea Venezolana, le tocó en tiempos del dictador Marcos Pérez Jiménez, comandar el DC-3 que abordaron hacia el ostracismo el líder urredista Jóvito Villalba y los otros directivos de su estado  mayor.
         Él una vez me contó la historia y seguramente que también le echó el cuento a su amigo el bachiller Antonio López Escalona a quien el reportero sorprendió secreteándole en ese ambiente de la fotografía donde se brinda cerveza en vaso de cartón.
         ¿Qué le estaría diciendo el Zorro a “Casita”.  “Casita”  como llamaban al “Bachi López” desde que así lo bautizara Leopoldo Sucre Figarella cuando ambos estudiaban en el Colegio La Milagrosa con los padres paules.  Era que al Bachi no le provocaba en plena clase realizar otra tarea que no fuera la de dibujar  casitas como suelen pintarla los niños con nubes, sol, jardín y un caminito.
         Por supuesto, que en el momento de la fotografía el Bachi López no pintaba sino que saboreaba con todo deleite una birra bien fría.  Entonces lucía bigote y remataba caballos aunque su debilidad siempre fue el béisbol junto con su llave Héctor Cristofini.  Hasta una tienda deportiva montaron ambos en la calle Dalla Costa en el mismo inmueble abandonado por la Librería Hispana de Requesen.
         Guzmán López hace tiempo que no vuela, la edad le cortó las alas mientras López Escalona continúa bateando en varios campos y transcurre alerta con su “Ojo Avizor.  ¿Avizorando qué?  Pues todo cuanto se le atraviesa en cualquier tertulia, reunión o recepción, bien sea en el Colegio de Ingenieros donde nunca faltan el poeta y bohemio John Sampson William y el bolerista Moisés de Lima o en el Club La Cancha, donde Oscar Pirrongeli  domina en dominó junto con Noel Valery o en la Cruz Roja que el médico Jesús Figueredo heredó del ingeniero  Lino Bossio, una herencia muy noble donde la sangre en vez de azul es roja sin llegar a “rojita”.
         La imagen revela que la fotografía fue tomada veinte o treinta años atrás, pues el Capitán aeronáutico Guzmán López cumplió recientemente ochenta años y el bachi Antonio López Escalona setenta y pico.  Ellos siempre han manifestado que ni la edad ni la muerte que usa a la edad como anzuelo les mortifica. La muerte tampoco mortifica al autor de Las Parcas y el Averno.  Él no ve a la muerte como algo espectral sino como algo que está sobreentendido.
Lo que ocurre es que el sentido patético que se le da a la muerte conlleva al temor, al terror.  Tampoco siente temor por la vida. La vida es buena.  Si hay algo que le teme es a la ignorancia, a la estulticia.
El problema existencial viene dado por el concepto del supremo bien y del supremo mal. Este es un planteamiento viejo que data desde Platón, desde los Helenos y dentro de este planteamiento filosófico contemporáneo se admite que la estulticia es insuperable. Posiblemente, el único recurso que suponían para superarla era la cultura, pero la cultura viene vista como un compartimiento de la política y no lo contrario.


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